La prueba más importante de mi vida estaba a punto de comenzar. Había tenido unos nueve meses para entrenarme, para preparar mi cuerpo física y mentalmente. Y sin casi darme cuenta había llegado a la recta final. Los últimos detalles estaban prácticamente controlados, tenía una visión perfecta de cómo sería el gran día. Además, había llegado muy fuerte, ansiosa de que llegara el día y con una energía desbordante, pese al largo período de entrenamiento y a los cambios, más que visibles, en mi cuerpo.
Tenía cada minuto visualizado, sabía qué debía hacer en cada momento. Había practicado mucho. Sabía cómo tenía que ser la respiración en cada fase. Todo ensayado. Conocía también, al dedillo, cómo debía empujar en la recta final, aunque las fuerzas ya escaseasen. Tras leer mucho sobre este tipo de prueba, me había decantado finalmente por los métodos más naturales y respetuosos, pues sabía que eso iba a repercutir en el resultado final y en cómo todo iba a evolucionar después. Tan convencida estaba con la idea de escuchar a mi cuerpo y dejar que la naturaleza actuase por si sola, que me aferraba ciegamente a la idea de no tomar ninguna ayuda que me aliviase el dolor durante el tramo final, pues prefería que la naturaleza hiciese su aparición.
Cada paso, cada respiración, cada empujón, cada palabra y abrazo de apoyo durante la prueba... todo estaba en mi cabeza. Como si de un examen final se tratase, todo lo tenía estudiado y controlado. Bueno todo, no. Crees que tienes todo controlado, que has practicado, ensayado, visualizado cada paso para sacar un 10. Sin embargo, hay muchos otros factores que influyen en todos y cada uno de los eventos en los que tomamos parte. Así que, esta prueba tan especial no iba a ser menos.
Desafortunadamente la prueba, por motivos externos, se retrasó una semana y cuatro días. Pero eso no era ningún impedimento, seguía pensando y siendo fiel a mi entrenamiento. Sabía que lo conseguiría, que sería un gran triunfo. Pero, llegado el día, hubo más complicaciones, todas ellas ajenas a mí. Pequeños obstáculos, que por mucho que me había preparado, no podía hacer nada por salvarlos. Solamente colaborar en lo que me iban indicando para que lo pudiese conseguir.
Al final, las cosas se torcieron, podríamos asemejarlo a una lesión. En la recta final, ya no iba a poder dar esos empujones, me debía retirar de la prueba, ya no podía hacer más. Mi participación había concluído.
La pena, la rabia, la tristeza... las lágrimas me invadieron. No era justo. Me había preparado durante nueve meses, había seguido todos los consejos, todas las indicaciones. Mi cuerpo estaba fuerte, no había dejado de asistir ni un solo día al entrenamiento. Mi mente era fuerte también. Pero no importaban mis súplicas por seguir intentándolo. En este momento yo, ya no importaba.
Así que, aunque aún cuando lo pienso me duele y me parece injusto, e incluso pienso que a lo mejor, al lado de mi entrenador las cosas hubiesen sido diferentes, en esta gran prueba, la más importante de mi vida, no pude llegar a la meta. Pero no me importa en absoluto, porque la meta llegó a mí. Llegó en forma de ratoncillo de algo más de 3 kilos, muy blanquito y ya muy independiente. Ese ratoncillo que me robó el corazón hace ya unos cuantos meses sin que yo me pudiese dar cuenta y no pudiese hacer nada por evitarlo. Un ratoncillo al que amo con locura y que da luz a nuestras vidas.
Ojalá que mami hubiese podido llegar al final, empujar y hacer que vieras la luz.
No importa cuánto visualices las cosas y cuán grandes sean los deseos porque algo suceda de alguna manera en concreto. Hay veces que, por mucho que queramos, las cosas se escapan de nuetro control.
Sin embargo, doy las gracias infinitamente porque cada una de las conexiones se hayan hecho correctamente, porque estés con nosotros y nos hagas ver la vida de forma diferente. Simplemente, doy gracias porque tú, seas tú.
Suddenly, I’m in love with a stranger!!!
jueves, 24 de enero de 2019
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Los Vidis, esa pareja tan especial
Hoy hemos venido a celebrar la vida, y
¿qué es la vida sin amor? Esa palabra tan difícil de definir y casi imposible
de explicar. Pero que, basta con pasar unos segundos a vuestro lado para
entender a la perfección todo su sentido. Respeto, apoyo incondicional,
admiración, delicadeza, entrega, fuerza, pasión es lo que reflejan vuestros
ojos.
Hace muchos años (hace tantos que ya casi ni me acuerdo. Bueno me río yo de alguna cuando erre que erre negaba que ella “no estaba detrás de Dani”, ja me río yo ahora. Pues mira dónde hemos acabado). Como decíamos, hace muchos años que lleváis transmitiendo ese amor, pero hoy ya es legal, hoy celebráis la vida y ese amor incondicional con todas las personas, y animales también, que son importantes en vuestras vidas, podamos o no estar hoy físicamente presentes.
Hoy ya es oficial, hoy soy yo la que puede decir que ¡ya tengo un hermano!
Dani, ¿qué puedo decir de ti, campeón? Bueno, mejor dicho, qué no puedo decir de ti. Llevas siendo parte de esta familia ya mucho, mucho tiempo. Una familia que se siente muy afortunada por tenerte como uno más. Una familia que se siente muy orgullosa de ti, de tu fuerza y lucha constante. Una familia que siempre estará agradecida por todo lo que significas y haces por ella.
Gracias Dani por
mostrarnos un rayo de luz en el camino, cuando nosotros éramos incapaces de verlo
con claridad. Gracias Dani por tu saber estar, tranquilidad y por hacer
cualquier cosa por nosotros, incluso a veces por encima de tu propio bienestar.
Gracias por estar siempre ahí, gracias por tu sonrisa tímida, tu calma, tu
amistad, tu amabilidad, tu siempre buena voluntad, por tu picardía también, y
por habernos metido a todos, a saco, en el mundo de la bici. Personalmente, te
doy gracias por haber estado a mi lado en los momentos más difíciles, por
haberme enseñado que las cosas siempre vuelven a su orden. Muchas gracias,
quintito.
Pero, sobre
todo, sobre todo, gracias hasta el infinito por siempre cumplir tu promesa de
cuidar a nuestra hermana, por preocuparte por ella, darle tranquilidad y
mostrarle siempre el lado fácil de las cosas. ¡¡¡Gracias con el corazón en la
mano por hacerle inmensamente feliz!!!!
Y nuestra
hermanita querida, nuestra chiquita (siempre serás nuestra chiquita por muchos
años que pasen). Simplemente decirte que las dos estamos enormemente orgullosas
de quién eres, de cómo eres y de todo lo que significas para nosotras. Mírate,
con permiso de todas las aquí presentes y que nos disculpen, pero nuestra
hermana es la novia más guapa y radiante que jamás haya pisado este altar. Rosi
siempre tan ideal, tan pizpireta, tan coqueta, tan generosa, tan bondadosa, tan
amable, tan leal, tan… tan especial, que brillas con luz propia, y por allá por
donde pasas dejas una huella imposible de borrar.
Gracias a ti
también por iluminar todos nuestros días, y ser uno de nuestros apoyos más
importantes. Gracias por hacernos sentir siempre muy especiales, amados, admirados
y valorados. Eres la chispa de nuestras vidas, nuestro mejor tesoro sin duda
alguna, con tu siempre buena predisposición y fuerza para hacer que los sueños
de todos se puedan hacer realidad. Gracias por siempre cuidar de nuestra
familia, y luchar por ella por encima de cualquier cosa. Y millones de gracias
también por todo lo que haces por la familia que ya creasteis hace tiempo Dani
y tú. Esa luchadora nata, que muestra apoyo y admiración a su Vidi, no día a
día, sino segundo a segundo. Gracias por cuidarle, mimarle, apoyarle,
admirarle, valorarle y amarle de la manera que solamente tú sabes hacerlo.
Sois una pareja
muy especial, muy fácil de querer e imposible de olvidar. Sois un gran ejemplo
a seguir y a admirar. Sois… Los Vidis, esos que han calado hondo en el corazón
de todos los aquí presentes.
Os deseamos toda
la felicidad del Universo, que sigáis brillando juntos con esa energía que os
caracteriza, y que sigáis celebrando la vida y el amor, un día sí, y otro
también. Así que ya sólo nos queda decir: ¡Viva la vida! ¡Viva el amor! Y sobre
todo, ¡VIVAN LOS VIDIS!
Siempre 3, siempre mujercitas.
Con mucho
cariño: Isa y Ludi
miércoles, 1 de febrero de 2017
Beily, más que un perro
Recuerdo esas tardes de piscina esperando tu llegada, y como cual primeriza, empollándome libros para que no se me pasara nada, y poder enseñarte lo mejor posible. Recuerdo cuando fuimos a buscarte a Segovia, eras absolutamente perfecto, una cosita tan pequeña que no ocupaba más del regazo de Rosa. Ansiaba llegar a casa para poder achucharte, y recibir muchos besitos de tu parte. No se te veía muy asustado, simplemente disfrutabas del viaje, como siempre te ha gustado. Recuerdo parar por el trabajo de papá (quien realmente se convertiría también en el tuyo) y su cara de felicidad al verte. Recuerdo parar por la tienda, para presentarte a mamá, aquella que tanto había renegado por tener otro perro en casa, y quien se quedó prendidamente enamorada de ti nada más verte. Recuerdo tu primera noche, según todos los estudio,s teníamos que dejarte llorar y no malacostumbrarte desde pequeño, y recuerdo como Rosa de forma no casual, esa noche dejó su refresco en la puerta de la Disco sin apenas tocarlo, porque estaba "cansada" y quería irse a casa. Recuerdo mis palabras: "no le abras la puerta", y recuerdo no durar más de cinco minutos en la terraza para asegurarme de que me había hecho caso, o egoístamente que no la fueses a querer más que a mí. Pero qué confundida estaba, tu amor incondicional no tenía límite.
Recuerdo, pero que de esto no se entere mamá, como aprendiste solito con la ayuda de tu tortuga de peluche a subirte al sofá. Como aprendiste a subir y bajar las escaleras. Y como luego siempre disfrutabas con el juego de esconderte debajo de las camas y la lucha constante por intentar sacarte de ahí. Como a base de unas cuantas galletitas aprendiste a dar la patita, como te solía decir abuelo: "dame la patita, Pepe Luis".
Recuerdo las carreras por el pasillo jugando a los toros contigo, la obsesión por las zapatillas peludas de estar por casa, que ni nos dejabas dar un paso cada vez que las llevabamos. Recuerdo tu insaciable apetito, que comenzó con las patas de la mesa de la cocina, los pomos de las puertas de los armarios... No desperdiciabas nada, y disfrutabas vernos en la cocina por si algo se caía al suelo. Esos ojitos que imploraban, aunque solo fuese un trocito de pan, como si jamás hubiéses comido nada. Recuerdo con mucha alegría la cara de felicidad de papá al llevarte cada día la comida, y vuestro pacto que día a día cumplías antes de comer. Recuerdo y, sé que voy a extrañar mucho, que estuvieras conmigo mientras tomaba el desayuno.
Recuerdo tu pasión por el fútbol y cómo no había pelota que se te resistiera (llegue hasta a soñar que jugabas en el Real Madrid y eras toda una estrella). Corrías y corrías detrás de ellas sin ver el límite, asustándonos incluso a veces con tu agigolada respiración. Pero no había nada como tumbarse sobre el suelo fresquito del pasillo para calmar tal aceleración.
Recuerdo lo que disfrutabas cuando te subías al coche para ir a cualquier sitio, la playa, la piscina, el río, el pinar, a Segovia a ver a tus doctores (todas estaban loquitas contigo, una mirada tuya bastaba para enamorar)... Y como había que lavarte y permufarte cuando volvíamos a casa de la sudada que tenías. Y era algo que amabas, te rendías ante el suave tacto de las toallitas de bebé. Pero los baños de espuma no eran tan divertidos, más bien agotadores, del mismo modo que las sesiones posteriores de secado de pelo.
Recuerdo esos paseos tan sonoros, con comentarios poco atentos de la gente. Pero a todos nosotros nos daban igual. Tú eras nuestro perro perfecto, y lo que pensaran los demás sobre tu respiración o peso carecía de importancia.
Recuerdo tu estancia corta en Madrid, estabas hecho para la tranquilidad y tener espacio personal donde correr, morder, destruir, y tumbarte plácidamente al sol.
Recuerdo como te enfadaste conmigo cuando me fui a Dallas, y tu pasotismo al verme a la vuelta por Navidad, pero cómo todo se te pasó en unos segundos. Recuerdo que me reconocieras al cantar nuestra canción a través de una video llamada y los besos que diste a la pantalla.
Recuerdos todos, o casi todos, los mil y un nombre que te dimos: bola de pelos, garrapata peluda, sarnoso, cosita de mamá, leiry, salchicha, salchichita de mamá, destructonic, albondiga, croquetillla, perrito de moda y la lista podría continuar y continuar.
Recuerdo cómo reconocías el coche antes de que asomarámos por la calle cada fin de semana, y tu alegría al vernos. Tus saltos, tus besos, tus bailes, tus ladridos...
Recuerdo nuestras batallas por la primera fila delante de la chimenea, por sacarte fuera al irnos a la cama, con esos ojitos que ganaban hasta al más fuerte.
Recuerdo tantas y tantas cosas...
Me siento muy feliz porque nos has hecho disfrutar mucho tiempo, pero no puedo dejar de llorar cada vez que pienso en ti. Ojalá te hubiese dado un abrazo más fuerte en nuestra despedida en Navidad. Ojalá estés ahora haciendo disfrutar a Isa en algún lugar. Y si existe la reencarnación animal, ojalá nos podamos volver a encontrar, para poder darte otro achuchón, echar una carrerita juntos, darte una galletita, bailar contigo, acariciarte o simplemente cantar nuestra canción.
Beily, sé que esta carta te llegará de algún modo, por eso te mando todos los besos y caricias que aún tenía guardados para ti.
Beily, simplemente, el mejor perro del mundo. Mucho más que un perro.
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